Lunes Noviembre 20, 2017

Piedritas y charquitos

Obra: Yo tenia Un Ricardo hasta que un ricardo me mató

Autor: Creación colectiva. Variaciones esesicas sobre Chihuahua, Shekespeare y teatro Bábaro
Dirección: Fauto Ramírez
Actuación: Yaunde Santana, Rogelio Quintana, Tania Del Castillo, Fátima Íseck, Rosa Peña,  Miguel Serna, Iván Mena y Jessica Verdugo.
Compañia de teatro: Teatro Bárbaro/ Chihuahua.
 
 
Piedritas y charquitos
 
Vemos a los actores salir del edificio que alberga la sala Xavier Villaurrutia y los vemos salir a saludarnos, a reconocernos entre la fila que se dispone a entrar. Entramos y poco a poco también van entrando ellos, cuando cada uno sube al escenario, nos saludan. Una vez que está el elenco completo, inician el traslado en el escenario sin más que caminar; no hay gesticulaciones ni respiraciones profundas, no hay más que seis actores caminando sobre el escenario y una más sentada en una silla a la derecha de los espectadores, ella fue la primera en entrar. En el programa de mano indican ocho nombres (que son los que he copiado) y sobre el escenario vemos a siete actores, seis sobre las sillas ‘periqueras’ dispuestas en fila entre el segundo y el tercer plano del escenario y la séptima silla en proscenio de lado derecho.
El escenario negro de la Sala Xavier Villaurrutia (cámara negra) se pinta con los vestuarios color azul mezclilla matizados con café, gris y rosa. Vemos un par de objetos debajo de las sillas como la lámpara de petróleo también azul. La luz blanca del escenario se mezcla con la de la sala que sigue encendida.
Si enmarcamos esta obra en un género dramático, debemos recurrir a la teoría del drama documental latinoamericano: el conflicto está en el tema social que desarrolla, se fundamenta en la participación y la conciencia; tiene un carácter experimental y suele ser creación colectiva, no da soluciones y sí plantea preguntas. Según Pedro Bravo Elizondo, el teatro documental persigue dos objetivos: entregar el resultado de la investigación y crear una reevaluación del hecho en [yo diría “con”] el auditorio. Es una manifestación artística (y también es un producto) que insiste en explicar la realidad. Tal vez con estos datos nos expliquemos la puesta en escena.
A decir del programa de mano: “En época de ruina moral la lucha por el ‘poder’ suele volverse carnicera, salvaje y sangrienta. México se yergue desdibujado, fracturado, deforme y profundamente dolido. Con una imagen que no puede ser otra que la de un Ricardo III, rey de Inglaterra. Yo tenía un Ricardo hasta que un Ricardo lo mató dialoga con la geografía de Chihuahua, con acontecimientos de violencia que cimbraron al estado y al país, y experiencias propias de los integrantes del proyecto. La pieza son cuadros que van abordando el fenómeno de la violencia desde distintos ángulos y distintas miradas personales para hacer un ejercicio de memoria. Una manera de hacer teatro sin intermediarios, relacionado con la realidad, un teatro que dialoga directamente con la realidad y el espectador.”
Esos cuadros inician con un enunciado detonador “jugar a la guerra era divertido”, era un juego al fin y al cabo, era, solamente era. Ahora lo vivimos ya no como un juego aunque nuestros niños y adolescentes sean asesinos reales viviendo un juego… cómo explicar el asesinato entre niños portadores de armas… Este teatro nos lleva a tomar una postura, nos es incómodo y, por momentos queremos salir de la sala.
Esa incomodidad es precisamente la que nos lleva a la reflexión, a valorar que lo que ahí se dice es apenas una mirada, una posibilidad y que yo, espectador, salgo del recinto sin más que mi vida cotidiana ante una realidad de la que soy participe y corresponsable. Hemos visto otras puestas (como El Inspector. v.1 Los impecables, creación de Clarissa Malheiros) en las que hay una historia que expone el tema, aquí estamos ante seis historias que se entretejen con monólogos de Ricardo III de William Shakespeare, entonces surgen voces: yo tenía un marido, hasta que un Ricardo lo mató, Chihuahua tenía un Cristipher, hasta que muchos Ricarditos lo mataron.
Escucho y me inquieto. Cada uno de los actores nos cuenta algo suyo, inician por el origen de la compañía y cómo llegaron a esta puesta, pasan por el paisaje de vías y trenes de Chichuahua hasta llegar a la sobrevivencia después de un semáforo en alto; cuotas, armas en manos de niños, balas perdidas, organizaciones que desorganizan a la gente de la comunidad, del barrio, del pueblo… Niños y adolescentes manipulados por las mafias, ¿en qué momento los agarran?, ¿en qué momento los dejamos ir? Policías que no están para los demás.
Entre cada monólogo hay un puente musical que nos seduce y nos deja en el nuevo sendero narrativo. De la mano de la persona de lado tomo un vasito con no sé qué y lo paso, esa es la instrucción hasta que noto que son paletas de hielo, me quedo con una de grosella, ¡deliciosa!, aunque ahora ya no veo igual a las paletas de hielo porque han cobrado el sentido que Teatro Bárbaro ha querido dejarme, como el sabor de la grosella, así el recuerdo de la imagen, fresca.
Regresamos al juego y dicen “los juegos sirven para ahuyentar la realidad y también el miedo que sentimos ante la muerte”, pero al acabar la escena, confirmamos que los juegos no ahuyentan la realidad y menos el miedo. Soy un espectador, soy un adulto que convive con menores, soy educador, ama de casa, oficinista, soy vecina, amiga, tía, prima, soy un adulto que ha visto cómo juegan hoy los niños; ahora sé que no soy la misma y que los juegos no son sólo juegos. Los juegos son un entrenamiento, un ensayo-error, son el ejercicio que forja la actitud de vida, la personalidad, la voluntad (así lo vimos también en Nada, dirección de Mariana Giménez), y los testimonios que aporta Teatro Bárbaro nos dice que urge volver la mirada a los juegos que jugamos.
Ahora bien, por una parte estamos ante un teatro documental, pero es de siglo XXI, con una participación franca para seguir inmersos en la escena y sus valores estéticos (no ahondaré en ello por ahora) conteniendo la participación del público. Decía entonces que ya habíamos degustado –algunos en la sala- las paletas de hielo, ahora se trata de “Sotol”, la bebida más fuerte de Chihuahua, de origen endémico porque el agave del que se sustrae es silvestre y su proceso de producción es artesanal, su sabor no tiene par y ellos lo definen como sabor a desierto y leña, sabor terroso. Si la puesta en escena no lo había sensibilizado, quizá el participar en el rito comunicativo que la escena ofrece en este momento le sea suficiente para ver y para verse en comunidad. El sotol ha sido un pretexto para acercarnos, para mirarnos, para sentarnos en el piso, todos a la misma altura y mirarnos; la puesta sigue en escena y somos parte de ella, esto es una charla con la fogata en el centro, aunque sin fogata, ahí yace un montículo de arena con el quinqué apagado.
Los monólogos de Ricardo III se entretejen en estas narraciones, y escuchamos a la madre de Ricardo y nos preguntamos si así se verán las madres de los sicarios, porque ellos habrán nacido de mujer alguna… Entonces escuchamos a otra madre chihuahuense, nos dice que la homofobia es el tercer motivo de asesinatos en Chihuahua y México ocupa el segundo lugar en estadísticas internacionales. Las madres de homosexuales no viven al saber que sus hijos son vistos como abominaciones, no están seguros ni en las universidades porque ahí, entre pares, la violencia llega a la muerte. En esta escena vemos la imagen del cartel promocional: la piedad. Una piedad que se forma con el público sobre el escenario y que no tiene más que asumir una postura, porque siendo esto un hecho escénico, con un valor artístico y estético, ha sido también el espacio que deja otras posibilidades en los sentidos del espectador. Así, con las emociones, los recuerdos y las experiencias a flor de piel, así acaba la función e inicia el diálogo.
Una de las historias cuenta que un cineasta allá  no puede videar el paisaje; en las hermosas tomas abiertas se captan los campos de amapolas, oficiales armados en las calles, caminos donde no los hay… Un cineasta allá no puede filmar tomas abiertas, paisajes, pero tampoco tomas de ciudad ni de campo, y se cierra tanto la toma cada vez que sólo apunta al piso donde capta piedritas y charquitos. Eso vemos en los videos promocionales de los estados de nuestra nación, apenas las piedritas y los charquitos que nos dejan ver los que llevan el poder del dinero.
Acuda al Centro Cultural del Bosque y sea parte de esta propuesta cuyos integrantes vienen por segunda vez a la Ciudad de México. Si ya vio esta puesta y conserva su boleto, aproveche la promoción del 2x1 y sea  testigo de La fe de los cerdos que se presenta de lunes a miércoles en La Teatrería, ubicada en calle Tabasco 152, entre Orizaba y Córdova, colonia Roma. Esta experiencia le hará notar la calidad actoral de cada uno de los participantes, a quienes no reconoce o bien, distingue a los actores de los personajes. Ambas puestas en escena son dignas de verse.
 
Funciones: Jueves y viernes, 20hrs., sábado 19hrs., y domingo 18hrs., hasta el 5 de febrero de 2017
Teatro: Sala Xavier Villaurrutia, Centro Cultural del Bosque, Reforma y Campo Marte s/n, detrás del Auditorio Nacional, metro Auditorio
Localidad: $150°°.
Descuentos: Gente de Teatro (pase) $45°°, Jueves de teatro (entrada general directo en taquilla) $30°°, Viernes al teatro en bici $45°°, 50% de descuento a maestros, estudiantes e INAPAM con credencial vigente
Promoción: 50% de descuento presentando el boleto de La fe de los cerdos en la taquilla
 
 
 
 
 
 
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