Sábado Noviembre 25, 2017

Singladura

Mentiras

 

Supongo que incurrir en mentiras con tanta frecuencia es una consecuencia de la historia de México, donde desde los tiempos de la Colonia se incubó la práctica ya antigua de falsear los hechos a cambio de salvar el pellejo.

Esta práctica nacional de data tan antigua tuvo como trasfondo el pasado colonial del país, cuando  el mexicano  para sobrevivir tenía que encubrirse, callar o disimular. Así fue durante más de 300 años y fue peor en el periodo relativamente más corto de la inquisición, así originalmente se hiciera excepción de los indígenas.

El disimulo, que incluso se proyectó en el lenguaje ambiguo e impreciso que aún usamos la mayoría de los mexicanos, tan proclives al diminutivo, expresa esa tendencia tan culturalmente mexicana a la imprecisión, trasunto más que evidente del “no fui yo”, y en todo caso de la elusión o evasión de responsabilidad alguna.

En contraparte, la delación también se hizo popular y ganó espacio al punto de conjugarse  en el inicio mismo de la independencia. Basta recordar la conspiración y el develamiento de ésta, que provocó un anticipado inesperado de la primera.

Un enorme salto histórico nos llevaría al rejuego típico del porfiriato, donde se ejecutaba en caliente antes de averiguar la verdad de los hechos y se ejercía el apotegma de la administración sobre la política en un juego contrastante entre el México esclavista y el progreso de la modernidad que pese a todos sus excesos  impulsó  don Perfidio.

Los violentos años de la revolución fueron aderezados por mentiras y traiciones, pero además coronados por los asesinatos, en un telón de fondo donde argumentar la verdad conducía casi inevitablemente a la persecución o la muerte. Prueba de esto fueron los directores de periódicos libeales y aún revolucionarios.

Y como corolario de esto, más de 70 años de imperio priísta hicieron de este país un espacio privilegiado para la gesticulación, según dejó dicho el famoso Rodolfo Usigli en una obra sin par.

“El sí señor” y “son las horas que usted diga señor presidente”, fueron  expresiones sublimes de ese encantamiento por la mentira que tanto daña a México.

Así se ha gobernado el país, sobre la base de mentiras tras mentiras, al punto de que cuando nos aseguran una cosa, sólo creemos la contraria, en una práctica nacional  que lleva al exceso de apostar por el consabido “piensa mal  y acertarás”.

Bajo ese prisma miramos buena parte del acontecer nacional, lo que complica aún más cualquier punto de acuerdo y mucho más un eventual consenso. La duda, el escepticismo o la franca incredulidad nos dominan y ordenan nuestra acción en el cotidiano quehacer nacional. Es complejo un país así ¿no cree?.

 

 

 

 

 

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