Sábado Noviembre 25, 2017

Singladura

La palabra

 

La palabra es lo único que queda del gobierno y sin embargo ya prácticamente nadie la cree en este país. La palabra de periodistas críticos como Javier Valdéz,  Miroslava Breach Velducea y muchos otros, su único patrimonio profesional, fue ya silenciada. ¿Qué queda? ¿Qué resta? Predomina el coro de la monotonía noticiosa, la que no ofende con la verdad, aquella que no eriza el cuero de nadie, la que silencia, encubre, manipula o se acomoda para su conveniencia propia, la que no incurre en riesgos ni incomoda a nadie. La misma que sólo busca congraciarse, aun y cuando sirva de poco o nada al país, la que da la espalda a la agenda nacional para ponerse al servicio de los mecenas que pagan con dinero ajeno, el dinero del pueblo, aquella que justo en sentido inverso de los periodistas silenciados, aplaude, elogia y cuando critica o censura es sólo para denigrar, proteger su propio interés, beneficio o peculio. Flaco favor le hacen al país. Más bien lo desangran a cambio del beneficio pecuniario inmediato, del negocio, de la dádiva, que está hoy en boga casi como nunca antes. La vida es corta y además no importa.

¿Y el interés nacional? ¿Y la agenda del país? Nada importa. Cada quien o en grupo si acaso, lleva su propia agenda, la avanza y adelanta. La componenda es un negocio mucho mayor. Apabullan los medios, tuercen la historia, interpretan a placer y contribuyen en buena parte a la causa de los perversos, corruptos, criminales. Hay tanto daño en esto, pero es un negocio redondo, floreciente, en un país que se debate entre la triquiñuela, la traición, el crimen y la angustia.

Y menos importa si después de todo,  aquí no pasa nada, más allá de las muertes, más que justificadas si se trata de rebeldes, insolentes, críticos o desadaptados como los casos aludidos antes.

¿A quién le importa más allá de una semana que silencien a los críticos, a los que ven sólo lo malo, lo negativo y rehúsan a contar lo mucho que cuenta lo bueno? Después de todo, también pasará la indignación, el duelo, el llanto y aún el reclamo.  A Miroslava Breach la mataron el 23 de marzo último y sin embargo, casi dos meses después, el caso sigue impune, pese al lloriqueo de políticos y autoridades, pese al compromiso de esclarecimiento y castigo. En los tres últimos sexenios, suman más de 120 los asesinatos de periodistas. Pero nada, aquí no pasa nada.

 ¿Lo peor? Es que el país ya casi ni se asombra del silencio creciente que lo envuelve todo para dos cosas: no molestar ni incomodar a nadie y, a cambio, hacer buenos negocios, muy buenos negocios, que se adjudican los muy o más audaces, según ahora los llaman conforme a la palabra pervertida y servil.

 

 

 

 

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