Lunes Noviembre 20, 2017

La Alondra

Autor: Manuel Calzada

Dirección: José Caballero y María González
Traducción: Maria González
Actuación: Miguel Cooper, José Caballero, Thalis Santesteban, Carlos Mendoza, María González, Arusi Santesteban, Migue Flores, Juan José Tagle, José Sefami, Alex Peña, Paola Loaiza, Sofia Vogël, Erando González 
Estandarte Motivacinal

Suena un violín, la vemos entrar a escena: una joven actriz con rostro estéticamente aceptable, podemos decir “bonita”, pero sobre todo niña, un rostro de niña, representa a la emblemática Juana de Arco cuando apenas cuenta con doce años y, en las inmediaciones de un árbol, una voz le habla en nombre de Dios.

Cuando el público ve entrar a cada uno de los actores, apenas una luz tenue los deja colocarse, sabemos todos que estamos en el teatro, que veremos una representación y que lo que ocurre ahí no es más que una recreación y la interpretación de, en este caso, un hecho histórico que se reconstruye a través de diversas miradas para contar aquí la del autor (Jean Anouilh), la de la traductora y la de los directores (José Caballero y María González, quien además de actuar también traduce el texto).

La historia que este drama cuenta está en las postales publicitarias: “El icónico dramaturgo francés Jean Anouilh aborda un problema contemporáneo que se reduce al tema de la libertad de expresión, algo que hoy parece quedar en el olvido, gracias a la impunidad gubernamental, en la que vivimos millones de seres humanos pero que padecen especialmente las mujeres. Los directores María González y José Caballero se enfocan en la vida y el juicio de Juana de Arco quien, siguiendo sus ideales, se convierte en comandante de los ejércitos franceses a la edad de 17 años para conducirlos a la victoria sobre los invasores ingleses y, tras un año de combate, Juana es apresada y condenada a morir en la hoguera por herejía.”

El espacio representacional albergado por el foro Sor Juana Inés de la Cruz, del Centro Cultural Universitario, muestra un círculo al centro, dejando la parte del fondo izquierdo para las sillas del inquisidor y los representantes de la iglesia, el centro para el trono del rey y a la derecha para las bancas de los actores que están en escena todo el tiempo hasta que llega su momento de actuar; sea con las capuchas de monjes parte de la audiencia en el juicio de Juana sea ya con la ropa de su personaje esperando el momento, todos ahí, atentos. El espacio fue creado por Tere Uribe (escenografía e iluminación), señala –como dijimos arriba- espacios dramáticos, deja al centro, en un área reducida, a la protagonista, ahí será quemada, ahí retrocede el tiempo para presentarnos el momento de la iluminación que le indica salvar al rey y a su pueblo sin advertirle que ella no será salvada por nadie, ni por el pueblo que pudo verse y salvarse a si.

Puesta en escena que si bien habla de la libertad de expresión –dicho así en la publicidad- habla también de la fé, la confianza y la decisión que puede tener una persona testaruda, terca, aferrada y necia. Adjetivos –quizá- negativos hacia una persona, mientras que para esta joven apenas son descriptivos y dignos de seguir; porque para ser necio  hay que ser constante, para ser aferrado hay que tener convicción, el terco requiere centrar su atención en una sólo causa mientras que una testaruda sólo insiste en lograr su propósito. Oj-Alá nos llegara la iluminación y el pueblo mexicano pudiera ser al menos uno de los cuatro adjetivos (y no virtual, por favor, real). Desde la trinchera de cada uno, pero sí, aferrados por una nación que es rica por ubicación geográfica, rica por el número de habitantes que posee, Oj-Alá…

La vida de una jovencita encargada sólo de sus borregos nos llena de ternura ante la inocencia y la convicción que la hacen ver soberbia. Los actores intervienen para cambiar el curso del drama, pero ellos mismos nos recuerdan que sólo interpretan sus papeles y que no hay nada que hacer salvo la representación.

También estamos ante momentos de reflexión sobre el rol de las mujeres en la historia; cuando el padre de Juana le propina tremenda golpiza, la madre argumenta que al ser el padre tiene derecho y Dios no tiene nada que personarle. Cuando los reyes gastan las riquezas del reino en sus placeres y el pueblo manifiesta hambre hablamos de condiciones socioeconómicas, de repartición de las riquezas que –hay que decirlo- genera el pueblo ¿quién más? ¿Entonces por qué ha sido dócil y las entrega a gobernantes corruptos que no piensan en ellos?

Entonces escuchamos que el pueblo lo que requiere es lo mismo que el ejército: un estandarte. Un ideal. “A nadie le gusta pegar ni que le peguen” diremos algunos junto con el rey, pero a otros les da vida eso de darse de golpes con otros, así lo reconocerán con el personaje entrañable del soldado fiel, un hombre del pueblo, un hombre común cuya vida es la pelea en el campo de batalla, al fin que “plebeyos hay muchos y no importa cuántos se pierdan”.

Interesante el momento en que Juana asesora al rey sobre su miedo, el cual reconoce que se siente y que no es asunto de nadie sino personal, por eso ella sigue adelante, la ventaja de sentir miedo y reconocerlo es que se puede superar, “no es magia, pero funciona”. También nos dice que el secreto del líder es hacer creer que sus propuestas no son de ellos, sino del otro, por eso la gente del pueblo es capaz de creer cualquier cosa; lo que no saben es que los verdaderos milagros son los que las mismas personas pueden hacer por sí. Aunque el núcleo de poder insista en que nada está por encima del poder (en este caso la inquisición). Juana de Arco fue usada como estandarte, una vez lograda la estabilidad política, la dejaron quemando en la hoguera ¿quién la envió a salvar al pueblo, al rey y a morir sin alcanzar siquiera la clemencia del verdugo?

Por otro lado vemos cómo se percibe a quien recibe una tortura con dignidad; Juana es tachada de cínica  e insolente por no arrepentirse de lo que ha hecho, como cientos de herejes antes que ella (y después); entonces nos dice: “lo que he hecho es mío y nadie puede hacer que me retracte”, pero ¿de alguna manera el ser humano debe retractarse? ¿Hay modo de hacer que uno se retracte?

Al final del estreno hemos entrevistado a José Sefami quien nos dice: “Juana como personajes es un personaje crítico, una muchacha que a los 19 años ha dirigido un ejército, con esa capacidad de convocatoria es algo increíble. Es el poder de la juventud lo que ella representa; se vuelca en una revolucionaria. Alucinante. El poder de la juventud que vuelca las cosas y que puede cambiarlo todo. Hablar de este poder de remontar las cosas como deben ser justifica, con espíritu de cambio rebelde, este nihilismo y el poder de creer en uno mismo.

Mientras que para la actriz, directora y traductora María González esta puesta en escena le significó un salto al vacío, un reto emocionante por estar dentro, ella siente que ha quedado bien y que la esencia queda viva en la puesta en escena.

 

Funciones: Jueves, Viernes y Sabados 19hrs., Domingos, hasta el 4 de septiembre

Teatro: Foro Sor Juana Inés de la Cruz, Centro Cultural Universitario, Insurgentes Sur 3000

Localidad: Jueves de teatro $30°° general; $150°° general, 50% de descuento con credencial vigente de maestro, estudiante e INAPEM

 

 

 

 

 

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