Viernes Agosto 18, 2017

Singladura

Maduro atrincherado 

 

A  Nicolás Maduro, el sucesor de Hugo Chávez, lo miro cada vez más atrincherado. Aun cuando su gobierno reivindique el apoyo de unos 8 millones de electores a favor de la Asamblea Constituyente, el suprepoder que está buscando para asirse lo mejor que pueda al sillón del Palacio presidencial de Miraflores, Maduro está más débil que nunca.

Los arrestos o reaprehensiones en la víspera de Leopoldo López y Antonio Ledezma, éste último un político decente –un calificativo raro entre sus pares- sólo abonarán a un mayor descrédito del régimen de Maduro y de él mismo.

Miro a Maduro a través de la televisión y lo veo cada vez más empobrecido políticamente hablando. Sus bravatas me hacen recordar a figuras públicas bien conocidas de distintos momentos en la arena mundial. Me parece cada vez que veo a Maduro que resucita el general panameño Manuel Antonio Noriega, un bravucón de barrio protegido por sus cómplices hasta que en febrero de 1989 le cayeron “los gringos” encima, sus antiguos aliados, para sacarlo a punta de bayoneta casi debajo de las sotanas de sacerdotes en la nunciatura de la capital panameña.

Lo que ocurrió después a Noriega es bien conocido. Fue ultrajado y humillado en prisiones estadunidenses. Terminó sus días hace unos meses este año, humillado y ofendido. A Noriega hoy día se le recuerda como el “ex hombre fuerte de Panamá”.

Cuando veo a Maduro también –no sé por qué- evoco casi involuntariamente al sátrapa iraquí llamado Saddam Hussein, el mismo que prometió encabezar “la madre de todas las batallas” contra el enemigo yanqui hasta hacerlo morder el polvo en la denominada operación del desierto. ¿Y luego qué pasó? Los soldados estadunidenses sacaron de una coladera a un Hussein desconcertado, desorientado. Hussein terminó sus días ejecutado en la horca, también humillado y ofendido.

Casi igual suerte corrió el ex hombre fuerte de Tripoli, el general Moammar Khadafi. Omito recordar aquí el triste y muy lamentable final del coronel libio. Humillante también.

Aunque ambos ya muertos no me imagino en ningún momento cuando veo a Maduro establecer una comparación aún si acaso mínima con dos prohombres que honraron su historia: Fidel Castro y Salvador Allende. Ambos murieron con el honor de su nombre e historia. Estoy convencido de que Castro, al igual que Allende, -si es que acaso éste si lo hizo- habrían estado dispuestos a responder por sus palabras con sus vidas. A ninguno de ambos los imagino ni remotamente agazapados lanzando consignas antiyanquis, y menos, mucho menos, algunas de contenidos ridículos.

Castro y Allende fueron hombres, políticos y gobernantes cabales. No caricaturas ni remedos de nadie.

Por eso, cada vez que veo a Maduro por televisión, sólo miro a un fanfarrón amurallado entre sus siervos.

Y no sé por qué, pero cada vez que veo a Maduro también recuerdo a su antecesor, Carlos Andrés Pérez, un político de forja antigua que tuvo la entereza y el valor de empuñar un revolver la madrugada del 4 de febrero de 1992 para defender, aún con su vida, la democracia venezolana del embate al menos anticonstitucional del entonces enjundioso teniente coronel Hugo Chávez Frías. A Maduro lo veo en cambio muy verde.

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